Los hermanos Tanner

“Mis sentidos crecían con esos libros y naufragaban en ellos cuando cerraba el volumen”. 

Lo dice Simon, el hermano pequeño de los Tanner y eje de la novela, lo escribe Robert Walser, lo suscribe mi lectura. Este escrito es una tabla de salvación en el naufragio de soledad, frente al blanco de su última página. Una necesidad de compartir la experiencia, como a la salida del cine. Sin desestimar que hay momentos, libros y películas que me requieren de un paseo a solas.

A la salida del libro, con el paseo del tiempo ya satisfecho, me gustaría entregarme al arte de holgazanear en este escrito.  “El tiempo llegaba en silencio y se alejaba sin que uno se diera cuenta. De este modo transcurría, en realidad, deprisa, aunque nunca durara bastante antes de irse”.

Nuevamente este proyecto me ha dado la oportunidad de sumergirme en un libro aplazado a la jubilación, de retomar el placer de la lectura sosegada, de descubrir a Robert Walser. Toñi Maquirriaín, en su reseña, ha dado suficientes argumentos para que no postergues más su lectura. Una recomendación: no pongas más expectativas que la de dejarte acompañar por Simon/Robert. “La gente que, como él, no tiene otro objetivo vital que ver transcurrir el día y llegar la noche, en espera de que entonces ocurran cosas prodigiosas”.

“¿Acaso Simon Tanner no vagabundea, nadando en la felicidad, para no producir nada, a no ser el goce del lector?”, opinó Franz Kafka de este autor de culto, que escribió esta novela en 1907, a sus 29 años. Un tiempo en el que todavía no se habían inventado las armas de distracción masiva, en el que la contemplación de la naturaleza, el encuentro humano y la conversación inteligente tenían más espacio. Otros tiempos.

Me paseo por la novela mientras escribo, encuentro los deleites subrayados. Renuncio a las comillas y dispongo esta reseña a modo de trailer cinematográfico. Con mi voz en off y la suya en cursiva para un texto compartido. Abandono la localización de las citas, para estimular tu búsqueda en la lectura.

Contar algo es un placer cuando eres tú el que escucha. Cualidad que no es exclusiva de Simon, ¡con qué paciencia me escuchaste ayer, Simon! Casi con devoción. Muchos de los personajes permiten con esa escucha devota profundos encuentros, largas conversaciones, soliloquios y reflexiones. Él, no alteró un ápice su extraño rostro silencioso, como si callar y escuchar se hubieran fundido en ese rostro de modo indefectible. Y es el lector un escuchador callado, invitado a ser un personaje más de la devoción.

La obra trata de la vida, de todo lo citado por Toñi. Pero antes de centrarme en Los Hermanos, sucumbo a la tentación de describir la copistería para desempleados, a la que Simon acude cuando ya no tiene nada de qué vivir. Copiando, todos ganaban allí algo que momentos después tenían que comerse y beberse si querían mantenerse vivos. El salario se deslizaba por las gargantas, iba de la mano a la boca. Lo que en nuestros días supone muchos trabajos precarios.

…¿qué enseña el conocimiento cada vez mayor del ser humano? La cosa más sencilla del mundo: ¡a tratar a todos con amabilidad! ¿No somos acaso hermanos todos los que vivimos en este planeta perdido y solitario? ¿Hermanos y hermanas? ¿Hermanos para las hermanas, hermanas para las hermanas y nuevamente hermanas para los hermanos? Es algo que puede ser muy entrañable y ha de serlo siempre: ¡sobre todo en la mente! Pero también tiene que ampliarse y ser bueno en la práctica.

Claro que sí, es mi hermano, pero mucho más mi amigo. A un hermano como él hay que llamarlo amigo, si se quiere usar la palabra adecuada. Somos hermanos sólo por casualidad, pero amigos lo somos a conciencia, y esto es mucho más precioso. ¿Qué es el amor fraternal? Cuando aún éramos hermanos, nos cogimos un día por el cuello, los dos, con la intención de estrangularnos. ¡Valiente amor! La envidia y el odio no son nada excepcional entre hermanos. Cuando dos amigos se odian, se alejan, pero si el odio se da entre hermanos a los que el destino obliga a compartir un mismo techo, las cosas ya no son tan sencillas. Aunque esta es una historia vieja y fea.

Claro que también encuentro más referencias subrayadas, puesto que cuando tengo que presentarle a alguien una solicitud de trabajo, siempre hago referencia a mis hermanos y señalo que si ellos han demostrado ser personas útiles y trabajadoras, quizás yo también pueda servir para algo, lo cual me hace reír cada vez.

Me he prometido limitar este paseo a dos folios y no sé cómo parar. ¿Convocar una tertulia de lectores? ¿Todos somos Tanner y Walser?

Toda creación es autobiográfica, ya he expresado mi interés por esta conexión, que ojalá fuera tan claramente explícita en nuestra ‘ciencia’ psicológica como en otras artes. Robert Walser nació en1878, publicó toda su obra entre 1904 y 1925. A partir de ese momento se intensificaron los síntomas nerviosos, de origen hereditario según cuentan y en 1933, a sus 55 años, ingresó voluntariamente en un sanatorio en el que permaneció hasta el día en que encontraron su cuerpo en la nieve.

De ahí que la defensa del hermano, Emil Tanner, ingresado en un manicomio, cobre más relevancia. ¿Por qué habrán de ser siempre la pobres mujeres las culpables de que los hombres caigan en desgracia? ¿No podría deberse al carácter, a una partícula de polvo anímico? ¡Que cobardía y falta de respeto eso de querer culpar de las desgracias personales a los padres y antepasados! Si la desdicha se abate sobre alguien es porque él mismo presenta ciertas características que el destino puede transformar cómodamente en desdicha.

Sé que su padre y un hermano murieron en la primera guerra mundial, tengo pendiente leer la biografía de Walser, escrita por Jürg Amann y editada por Siruela. Cuenta Luis Antonio de Villena que fue hermano de un notable dibujante que ilustró muchos de sus libros, Karl Walser, seguramente reflejado en  Kaspar, el hermano pintor paisajista de Simon Tanner. Dejo en tus manos el libro para descubrir las relaciones con su hermano mayor, su hermana del alma y sus amigos y amantes, a través de cartas, conversaciones, incluso de un sueño transcrito en primera persona. Y termino con las bellas palabras hacia su madre:

Seguro que ni se ocupaban de ella y la enviaban de un lado a otro, sometiéndola a malos tratos. Un día, ya en mi adolescencia, oí hablar de su triste juventud y la rabia me encendió la cara: me puse a temblar de indignación y, a partir de ese momento, odié las figuras desconocidas de mis abuelos. Para nosotros, sus hijos, mamá tenía algo casi majestuoso cuando aún estaba sana, algo ante lo cual retrocedíamos atemorizados; cuando enfermó del espíritu, empezamos a compadecerla.

Fue un salto increíble pasar así de una veneración angustiada y misteriosa a la compasión pura y simple.

Que lo disfrutes.

Enrique de Diego

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