¿Fraternidad en Europa?

La Sinfonía n.º 9 en re menor, op. 125, conocida  como  Coral, es la última completa del compositor Ludwig van Beethoven. Estrenada en Viena, en 1824, es una de las obras más trascendentales, importantes y populares. Su último movimiento, el cuarto, introdujo un elemento revolucionario y absolutamente  inusual en su época, el coro , que interpreta musicalmente un poema de Friedrich Schiller, la Oda a la Alegría.

Se suele distinguir entre Oda a la Alegría para denominar al poema original de Schiller, e Himno a la Alegría como denominación del cuarto movimiento de la novena sinfonía de Beethoven.

Tanto Beethoven como Schiller tenían una marcada visión fraternal de la humanidad.

Una adaptación de este movimiento, realizada por Herbert von Karajan, es, desde 1972, el himno del Consejo de Europa, y desde 1985 el himno oficial de la Unión Europea., que  no tiene letra, solo música. En el lenguaje universal de la música, se consideró que representaba la expresión de los ideales europeos de libertad, paz y solidaridad, y se interpreta en todas las ceremonias oficiales.

En 2003, la partitura original de la sinfonía fue inscrita en el Registro de la Memoria del Mundo de la UNESCO, donde forma parte, junto con otros importantes documentos, del patrimonio y herencia espiritual de la Humanidad, por sus valores respecto a la solidaridad y la fraternidad.

Una versión muy popular, que divulgó esta sinfonía y tuvo mucho éxito en nuestro país, fue interpretada por el cantante Miguel Ríos en 1970. La letra de esta versión, pretendiendo mantener el sentido y espíritu de la obra original, dice así:

Escucha hermano la canción de la alegría
el canto alegre del que espera
un nuevo día
ven canta sueña cantando
vive soñando el nuevo sol
en que los hombres
volverán a ser hermanos.

Si en tu camino solo existe la tristeza
y el llanto amargo
de la soledad completa,
ven canta sueña cantando
vive soñando el nuevo sol
en que los hombres
volverán a ser hermanos.

Si es que no encuentras la alegría
en esta tierra
búscala hermano
mas allá de las estrellas,
ven canta sueña cantando
vive soñando el nuevo sol
en que los hombres
volveran a ser hermanos.

 

Y mientras tanto….

 

Organismos e instituciones internacionales de ayuda humanitaria nos recuerdan a diario que el número de refugiados en el mundo aumenta cada año hasta superar la cifra de 66 millones, y que Europa está viviendo la mayor crisis migratoria tras la Segunda Guerra Mundial, que se agudizó en 2015 con el incremento del flujo de refugiados, solicitantes de asilo y los llamados emigrantes económicos, eufemismo de personas que viven en pobreza extrema en sus países de origen.

Las promesas iniciales de acogerles han caído en saco roto y han sido un fracaso al no saber dar respuesta a los más de 1,1 millones de personas que han llegado a Europa en los últimos años. De ellos, más de 942.000 eran solicitantes de asilo. Entre los 10 países del mundo que más refugiados acogieron en 2016 solo uno está en Europa: Alemania.

Los conflictos bélicos, la persecución política, la violencia y el hambre han provocado que 3,2 millones de personas hayan tenido que abandonar sus países en la primera mitad de 2016, según un informe de ACNUR (Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados). Más de la mitad de ellas huyó de la guerra de Siria; otras se marcharon de Irak, Afganistán, la República Democrática del Congo, Somalia o Sudán del Sur…..

Desde 2015, ha habido un flujo constante de personas que arriesgan sus vidas para cruzar el Mar Mediterráneo, con la intención de conseguir seguridad y protección.

Más de un millón de personas llegaron al sur de Europa en botes. La mayoría de los recién llegados, al menos 850.000, cruzaron el Mar Egeo desde Turquía y hacia Grecia, y cerca de 3.770 personas murieron o desaparecieron en el Mar Mediterráneo. Los niños representaron el 31% del total de las llegadas, muchos de ellos niños separados o no acompañados. Todo ello agravado aún más por la aparición de mafias dedicadas a la trata de personas.

El impacto de la crisis se sintió en todo el continente debido a un significativo movimiento continuo desde Grecia hacia países del oeste y norte de Europa, atravesando los Balcanes.

Muchos países europeos respondieron a la crisis con la imposición unilateral de mayores restricciones para acceder a su territorio, tanto legales como físicas, y aprobaron legislaciones con más limitaciones para acceder a los sistemas de asilo. Además, se han levantado muros y cercas en varias fronteras, en un esfuerzo por frustrar los movimientos de refugiados a esos países a través de Europa.

La xenofobia y la intolerancia han marcado y continúan marcando el discurso público en muchos países de Europa, provocando discriminación, y violencia, incrementando la presión sobre los Gobiernos de Europa para imponer más leyes restrictivas, y olvido, cuando no violación, de sus obligaciones con los refugiados y los solicitantes de asilo, cuyo resultado ha sido gran número de deportaciones y devoluciones forzosas a través de los puntos fronterizos, al margen de los canales legales.

Y a todo ello hay que sumar el dolor y el pánico que desde hace tiempo impera en algunos países de la Unión Europea donde el terrorismo por supuestas razones religiosas continúa dejando casi a diario un trágico reguero de víctimas.

¿Qué está pasando con aquellos ideales de libertad, igualdad y sobre todo fraternidad que impulsó la Revolución Francesa, que como ya mencionaba Enrique de Diego en este blog, (en su artículo de presentación, y en concreto en la sección La Semilla) forman parte de la Declaración Universal de los Derechos Humanos?

El racismo, la intolerancia, la xenofobia, la persecución de la diferencia, el desprecio a las necesidades vitales de miles de personas que salen de sus países de origen como única manera de supervivencia ¿no son formas de violencia social generalizada que atentan frontalmente contra nuestros iguales?

No es mi intención, ni éste el lugar para entrar en un discurso político. Sí lo es para plantear cómo vivimos esta situación desde una actitud humanista que, además de denunciar las contradicciones terribles entre el cinismo del himno oficial de la UE y la desatención, cuando no maltrato, a todo tipo de refugiados e inmigrantes, nos lleve a reflexionar sobre qué hacemos y cómo contribuimos, en la medida de nuestras posibilidades, a promover el sentimiento de hermandad.

Creo que la educación en los valores de empatía, tolerancia, igualdad, solidaridad, respeto, aprecio a la diferencia, entre otros, ayudaría a crear actitudes proclives al objetivo que Beethoven nos propuso con su Himno a la Alegría.

A un nivel individual, buena parte de mi formación y mi proceso terapeútico, ha sido y es, en diferentes ámbitos y tareas, la escucha, el respeto, el reconocimiento, la tolerancia, la aceptación, el aprendizaje y el agradecimiento a los otros, mis iguales, con distintos caracteres, opiniones y procedencias.

Además, considero un objetivo importante de mi trabajo profesional, acompañar a mis pacientes en su proceso de autoconocimiento, y que todo ello les sirva para estar algo más en paz consigo mismos y con quienes les rodean. Esa es mi minúscula contribución para intentar humanizar este mundo, y a quienes lo habitamos, y crear un entorno más fraternal.

Estrella Revenga

[Foto de Bernadett Szabo / Reuters]

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