Bajo la piel del lobo

Francis Elizalde reseña el libro de Eva Martínez Pardo “Bajo la piel del lobo”  editado por Graó (Colección Micro-Macro Referencias)

 

Hay un relato tradicional que cuenta la historia de dos hermanos. El mayor, Caín, siempre sintió que su hermano Abel era el preferido del abuelo. Un día, el primogénito fue a reprocharle al viejo su preferencia por el cadete, a lo que el abuelo respondió que la felicidad y la plenitud estaban en hacer lo que se debe, y que si Caín no vivía feliz y en plenitud, debía ser porque había algo malo en lo que hacía.

Lo que sigue es conocido por todos: Caín mató a Abel, y aunque el abuelo lo maldijo por tan atroz acto, también tendió sobre él un manto de protección dados los vínculos familiares que les unían. Caín se marchó, no en paz, pero cuando menos sin peligro, ya que el abuelo se encargaba de que no fuera ajusticiado. Se fue hacia las tierras de Eres Nôd, donde se echó una novia y donde nació Henoc, que continuó la dinastía. Un tataranieto suyo, Yubal, es el antepasado de los que tocan la cítara y la flauta. Los padres tuvieron otro hijo, y… colorín colorado, aquel cuento todavía no ha terminado.

Trasladar este episodio del Génesis al acervo de los cuentos populares no debe ser tomado como una falta de respeto. Es un relato que se sigue contando desde hace milenios: por algo será. Es popular, inverosímil pero se nota en su trazo y su textura que ha sido extraído sin retocar de las galerías de las minas del alma colectiva. Dice Eduardo Mendoza que es un relato fundacional, que habla del nacimiento de nuestra humanidad tal cual es: el relator de este cuento nos retrata en Caín, inocente, que mata, que se exilia, que tiene una segunda oportunidad. También nos alecciona, pero sobre todo nos retrata.

Eva Martínez afirma en las primeras páginas que “los cuentos no deberían servir para dar lecciones, no nacen de una finalidad didáctica, sino que su valor reside en todo aquello que reflejan sobre la complejidad humana y que -al ser escuchados o leídos- resuenan con algo mucho más profundo.” Y dice también que “la mayoría de los cuentos de hadas no fueron creados para la infancia sino que provienen de una larga tradición oral que recoge –en palabras de Campbell- la uniformidad psicológica de la especie humana. Son parte de la herencia psíquica de miles de años de humanidad que se recogieron por escrito hace unos pocos siglos y en ocasiones se adecuaron a las formas literarias de los tiempos. Pero los cuentos no sirven para explicar las emociones sino que ofrecen una comprensión profunda de la esencia humana, con todas sus luces y todas sus sombras”.

Este libro se distancia en su planteamiento de una corriente, muy en boga hoy en día, que utiliza la literatura para “trabajar emociones”. Se usa para educar al niño, pero en el sentido de inyectar en él la “normalidad”, el sistema de creencias que “desde el punto de vista emocional nos dice lo que está bien y lo que está mal, lo que es deseable lo que no, lo que es normal y lo que no lo es”. Hay hoy en día cuentitos para trabajar casi cada mínima excepción que puede hacer consciente a los niños de sus individualidades, cuentecitos para los adoptados, para los cortos de vista, para los inseguros, para los últimos de clase, para los envidiosos, para los que van a tener otro hermanito, para que la niña “se sienta bien”. Pero así se corre el riesgo de enseñar a los niños a no expresar lo que sienten, a “evitar que lo sientan anteponiéndonos a sus dificultades”, a hacer difícil el proceso de atravesar el bosque, que es el camino de la genuina maduración.

Eva conoce muy bien ambas corrientes, por vocación de educadora, de psicoterapeuta y de cuentera. En este libro despliega la riqueza de la corriente que ella escoge. El propósito de su trabajo va en la dirección de “permitir al niño estar en contacto con sus sentimientos, sean los que sean, para que progresivamente pueda sentir que tiene permiso para estar consigo y comunicarse con su mundo emocional”. Primero, vivirlo, y sólo después, aprender de ello. Y ha decidido usar los recursos que el acervo de cuentos tradicionales pone gratis en nuestras manos, ella que es educadora, precisamente porque “no pretenden enseñar nada a nuestra mente racional, sino que se dirigen directamente a una parte nuestra mucho más profunda y esencial que necesita… -y subrayo “necesita”- …ser acariciada”.

Eva ha condensado en las pocas páginas de este libro los esfuerzos de muchos otros que han escogido antes que ella este mismo camino, así que el hecho de leerlo nos abre muchas pistas a los que estamos interesados en esa tierra abierta que incluye la antropología, la sociología, la poesía y el devenir. Nos regala, por ejemplo, el fruto de sus muchas lecturas de los autores más conocidos que recogieron cuentos de por ahí; los unos moralistas declarados, los otros fieles productores de lo que debían. Leer las diferentes versiones de Caperucita, por ejemplo, además de ser un ejercicio interesante, nos da ocasión a reírnos, casi a sonrojarnos, a sorprendernos y a ver a través de las brumas qué versiones son las que han llegado hasta nosotros. Versiones sin cacas, sin sexo, sin venganzas, sin agresividad; pulidas, domesticadas, puede que entretenidas pero más cercanas al merchandaising que a las entrañas. Los niños acogen con efusión de emociones las versiones antiguas porque en ellas había caca, erotismo y venganzas triunfales ¡Vaya si las había!

En la última parte del libro, Eva propone jugar a los cuentos a grupos de niños y a un grupo de madres. El patito feo, Blancanieves, Hansel y Gretel… al leer esta parte, tuve ganas de estar en la clase, para poder identificarme con uno de esos papeles y entrar en el juego. En el prólogo, Jaume Centelles relata un taller de cuentos con Eva, donde se sintió -sin saber cómo- protagonista de una historia titulada “El cazo de Lorenzo”. Yo también quiero poder ser Cenicienta, muerta de ganas de poder ir a ese baile al que van todos los demás.

Muy bien escrito, muy bien organizado, ni corto ni largo, con un ojo en el conocimiento y otro en el sentimiento. Bajo la piel del lobo ha sido publicado en la editorial Graó en una colección que se llama Micro-Macro. Me gusta hasta el nombre de la colección…

[* Ilustran esta reseña dos ilustraciones del libro realizadas por Gisela Bombilà Murillo. ]

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