El hermano solitario. Sobrevivir la muerte de un hermano en la infancia.

Vanessa Mier

 

Cuando mi hermana murió yo tenía 14 años, ella 10. Recibí la noticia una mañana mientras estaba sentada viendo una revista en una sala grande de hospital. Se acercó una hermana de mi madre que nos acompañaba y me dijo “mija, tu hermanita se acaba de morir”. Creo que no lloré, pero no me acuerdo muy bien; sólo recuerdo que un rato después llegó la abuela de mi hermana que venía de Puebla, se bajó de un taxi, le di la noticia y la señora gritó algo y se calló al suelo.

También tengo muy presente el malestar intenso que sentí por no poder estar en el hospital. Tuve que irme con un primo a un juego de fútbol americano y oírle decir a sus compañeros de juego muy casualmente, “mi prima acaba de fallecer”. ¡Con qué facilidad le salían las palabras!; luego tuve que estar esperando a que acabara su entrenamiento.

Mi hermana murió en un hospital de cardiología en la Ciudad de México, íbamos a lo que yo creía un chequeo normal; yo no sabía que su enfermedad no tenía cura y que se podía morir en cualquier momento. Mi madre y yo éramos de provincia y estuvimos alojadas en casa de una prima de mi madre algunos de esos días. La tarde del día que murió y que tuve que irme al estadio, recuerdo ver a los niños jugando, yo estaba sola sentada en unas gradas de madera; nadie tenía ni idea de lo que yo estaba pasando, fue una tarde eterna y yo me sentía que me partía por dentro, pero otra vez, no recuerdo llorar.

Todos esos días están muy difusos en mi mente, no pude estar cerca ni participar en nada. Estuve con mi hermana sus 10 años de vida, desde que nació y, sobre todo, había estado los tres últimos años mientras estuvo enferma. Estuve día tras día con ella; yo era su cuidadora principal, nadie ni estuvo ni convivió tanto tiempo con ella como yo.
Los últimos años, mi hermana estaba deteriorada por su enfermedad (una hipertensión pulmonar primaria) sin poder respirar bien y con muchas limitaciones físicas que hacían que mi tarea de llevarla o traerla a la escuela o a otros lugares fuera a veces difícil y requería de mucha de nuestra creatividad para que no se cansara, ya que no tenía silla de ruedas. Usábamos patines, la llevaba en bicicleta o cargada de caballito, también usamos un carrito de bebé que atraía miradas por ser una niña grande y eso nos daba mucha vergüenza.

El hecho que no pude estar cerca en el momento después de su muerte y nuestra separación para mí tan inesperada me dejaron muchas secuelas y algunos síntomas de estrés postraumático incluso hasta ahora, casi 30 años después.

Los hermanos que quedamos vivos, los hermanos niños, nos quedamos a medias, incompletos, sin sosiego. Se va tu mitad, tu compañero de vida, tu compañero de juego, tu compañero de habitación, tu amigo. Por lo menos así me quedé yo. De ser un hermano acompañando, te quedas de “hermano solitario”.

Hace un tiempo, leyendo un texto de Peter Bourquin, llamado “Del gemelo muerto y del gemelo sobreviviente”, hice una prueba cambiando el texto y sustituyendo “gemelo” por “hermano”. Me sorprendió mucho que sus descripciones describían mucho mi vivencia:

“Desde pequeño un hermano solitario siente que alguien le falta, lo que le hace sentirse acompañado por una soledad, aunque esté arropado por su familia. Puede que tenga un amigo invisible, o una muñeca que es de suma importancia para él. Se retira de forma intermitente a un mundo propio al que los demás no tienen acceso. Este sentimiento básico de soledad le acompañará también siendo adulto, igual que el sentimiento de estar incompleto. Algo o alguien le faltan. Puede que inicie una búsqueda de algo en su vida, aunque no sepa lo que es. Esta búsqueda puede mostrarse de diferentes maneras: viajar por todo el mundo, estar inmerso en una búsqueda espiritual, querer encontrar la pareja ideal…”

Desde que era pequeña con la desesperación del caos familiar, (mi padrastro y madre peleando frente a mí y mi hermana enferma, escuchando gritos y viendo situaciones violentas que nos daban mucho miedo), tenía unas ganas enormes de ser mayor y poder irme y llevarme a mi hermana para cuidarla. No pudo ser con ella, pero a los 17 años me independicé. El día que abrí la puerta de mi estudio, mi primer piso, fue uno de los que recuerdo con más felicidad en mi vida. Eso fue en Estados Unidos, estuve ahí un tiempo, me gradué de la Universidad y de ahí he viajado y vivido en varios países, hablo cinco idiomas. Volví a México un tiempo, pero luego volví a emigrar. Estaba en busca de algo y no sabía de qué.

“Casi todos hermanos sobrevivientes se sienten profundamente culpables o hiperesponsables respecto a su entorno. Es un sentimiento básico sin que entiendan la causa. En su inconsciente ha quedado la idea de no haber hecho lo suficiente para salvar a su querido hermano, o incluso de haber causado su muerte. Es el sentimiento de la culpa del sobreviviente que luego se proyecta en todo lo demás. Un número significativo de los hermanos sobrevivientes trabaja en profesiones de ayuda, lo que tiene que ver tanto con su afán de salvar al otro, como con su capacidad empática, típica de un hermano solitario. En su vida laboral a menudo trabajan por dos (o tres). Esto no quiere decir que se permitan disfrutar los frutos del éxito que para muchos de ellos es más bien pasajero, como algo que se gana y se pierde, lo que puede ser un patrón típico en su vida.”

Empecé a trabajar a los 16 años, desde los 17 me mantengo prácticamente sola, me pagué dos carreras, obtuve becas y he tenido mucha suerte en los estudios y trabajos. Siempre he alternado trabajo y estudios. Descubrí las profesiones de ayuda cuando fui profesora de idiomas. Ahí empecé a notar lo que realmente me hacía feliz que era ayudar a los demás. Actualmente con casi 43 años estoy estudiando una tercera carrera universitaria, a parte de mi trabajo como terapeuta Gestalt y mi actividad principal que es ser mamá de una niña y un niño. Nunca he podido bajar el ritmo, pero así soy feliz.

“Cualquier pérdida, desde una ruptura de una amistad hasta la muerte de una mascota, puede causarle un sufrimiento que le hunde durante un largo tiempo. La otra forma es que huya de toda relación íntima porque le dé pánico. No se atreve a amar porque lleva en su interior un profundo temor de que su hermano le arrastrará hacia la muerte, o que no sobreviviera una nueva separación. En consecuencia, le cuesta abrirse y entregarse realmente a cualquier relación amorosa más adelante en su vida. Siente que necesita una cierta distancia de seguridad, aunque no entienda el porqué.
Sean cuales fueren las causas en un primer plano, es un hecho que los hermanos solitarios tienen menos hijos que otras personas. Aunque a veces lo anhelen tanto que parece una cuestión de vida o muerte. Siendo padres pueden tener un vínculo especial con uno de sus hijos, con quien experimentan una cercanía y unión que refleja la relación que tuvieron con su hermano. Entonces les cuesta distinguir a su hijo y su hermano emocionalmente…”

En casi toda mi historia de pareja, era yo la que dejaba o la que no se involucraba. Nunca tuve ganas de tener hijos y los niños no me gustaban, tuve siempre un rechazo al vínculo y tampoco quería tener mascotas ni entendía el amor de la gente hacia los animales. Tuve niños porque era una necesidad de mi pareja, casi una condición para estar juntos y para mi esa relación en ese momento de mi vida, era muy importante. Gracias a esta decisión, puedo decir que volví a la vida. Mis niños me hicieron ver y sentir otra vez. No me ha sido fácil, he vivido la maternidad con mucha ansiedad y he intentado no confundir a mi hija con mi hermana. Cuando mi hija cumplió la edad de mi hermana cuando enfermó, tuve más angustia que antes. Me ha costado confiar nuevamente en la vida y he pasado muchos miedos, pero teniendo a mis hijos he aprendido que también se puede volver a querer tanto como antes y que se puede confiar.

“También uno se da cuenta de algunas creencias sobre sí mismo y sobre la vida que se habían formado a causa de la experiencia en la infancia y que ahora le toca revisar. Para dar un ejemplo: de un “soy el culpable, no he hecho lo suficiente para retenerle y salvarle” uno llega a “no tenía que ver conmigo, porque no estaba en mis manos, fui muy pequeño”. A esta nueva comprensión contribuye también llegar a la experiencia de que el hermano muerto no tiene ningún reproche, sino que siente amor hacia su hermano vivo. Gracias a esta experiencia no se queda en una reflexión mental, sino se vuelve una vivencia interior. Puede ser necesario tratar la experiencia traumática de una muerte vivenciada tan de cerca, para sanar estados de angustia inherentes. A veces partes de uno mismo se quedan congeladas en un estado de shock, lo que después se manifiesta en una falta de vitalidad o de emocionalidad. Aquí hay diferentes técnicas terapéuticas que pueden ayudar a revitalizar estas partes de uno y sanar el trauma…”

Creo que mi vitalidad y emocionalidad no van a ser nunca como deberían haber sido. Indudablemente la personalidad sufre un cambio con una vivencia y pérdida de ese tipo, pero estoy en paz con eso y me siento bien de ser así como soy. He podido entender que la muerte de mi hermana no era mi culpa ni mi responsabilidad, que puedo y tengo derecho a estar bien, que no tengo que vivir en la angustia. Lo curioso es, que yo que no quería hijos ni vínculos, ahora no solo tengo dos hijos, si no muchos más, que son mis clientes. Sin perder mi sitio ni mi rol de madre o terapeuta, finalmente, encuentro mi lugar en el mundo. Llevo a mi hermana en mi corazón y me da mucha fuerza; ahora le doy un sentido a mi historia y tanto en mi vida privada como profesional, doy y recibo una cantidad de amor y cariño para mi después de perder a mi hermana, inimaginables.

Texto extraído del artículo “Del gemelo muerto y del gemelo sobreviviente” de de Peter Bourquin 

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4 comentarios en “El hermano solitario. Sobrevivir la muerte de un hermano en la infancia.

  1. Mariana Muñoz dijo:

    Hermoso tu blog. Felicidades. Me llegó al corazon. Yo no perdi a mi hermano pero mi madre casi muere de cáncer cuando tenia diez. Te leía y encontraba mis miedos. Bendiciones Vanesa. Saludos desde Aguascalientes.

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  2. Maria Dolores Baena dijo:

    Muchísimas gracias por compartir tu experiencia tan íntima, y tu forma de relatarla, con esa lucidez y comprensión dolorosa y esperanzadora a la vez. Ha sido un bálsamo para mi!

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