Cuatro caras de una cena

Adam Ahmad
Bernat Ferrer
Jorge Gregorio
Martín Padilla

Cara uno:

Esto es una historia de amor. Es una historia de amor, donde los protagonistas somos los que, de un tiempo a esta parte, nos hemos convertido en familia. Una familia donde no hay padre ni madre, por lo que el único lugar disponible es el de hermano. Yo contaré lo que yo viví y reflejé.

Todo empieza y termina con una cena. Cuatro hombres (Jorge, Martín, Bernat y Adán), una mesa, comida a compartir (con más o menos reticencias según carácter), muchas cervezas (por supuesto, cada uno la suya), pocos vinos (el vino siempre se comparte) y una copa.

Bernat propone (hacer un escrito conjunto sobre la hermandad para el nuevo número de la revista de la AETG) y el grupo dispone. Cuando yo escuché esta idea, el resorte inmediato fue decir “SÍ”, no hubo conciencia, no cabía pensar, no cabía escuchar mi necesidad. Ése, mi yo que tiene miedo al rechazo, respondió por mí. Pusimos un plazo. Atendiendo de nuevo a la necesidad de cumplir, un mes antes, me puse a ello. Escribí un artículo titulado “un hermano es un espejo, un hermano es un reflejo”. En el proceso transité por varios lugares. Habíamos dicho de escribir entre los cuatro un artículo que hablara de nuestra amistad y de la hermandad. Así, cuanto más quería yo acercarme a lo primero, más me alejaba. Mi artículo se volvía más frio. Transité, por un lado, por una deseabilidad de maravillar al mismísimo Nietzsche con la reflexión filosófica que suponía mi artículo, también, transité por miedo a fallar a mis amigos si no me desnudaba, y por el contrario, a su vez, transité por miedo a abrirme demasiado y no sentirme apoyado por los mismos. Así, opté por decir lo que sentía, sin dar nombres. Además, tenía miedo de herir sensibilidades en mis otros amigos y en especial en mis hermanos de sangre. El lugar que ocupan estos es insustituible. Tengo cuatro hermanos. Ismael tres años mayor, con el que hemos llevado durante muchísimos años vidas tan paralelas como distantes y que luego se convirtió en el gran descubrimiento. Samar, casi dos años mayor, con la que, en muchos momentos, éramos sólo uno. Luego vinieron Mays, 25 años menor que yo, la primera vida que he seguido de cerca y mi reconciliación con los bebes y Dunia, 30 años menor, la gran sorpresa. Hoy en día, en gran parte, gracias al distinto espejo y reflejo que supone cada uno en mí, soy lo que soy y encaro este artículo y la relación con mis hermanos Bernat, Martín y Jorge.

Así, una vez que escribí mi artículo, lo compartí. Esperé ansiosamente un feed-back de asombro y gran reconocimiento, pero éste no llegó. Luego recibí el artículo de Bernat, donde él narraba con pelos, detalles y señales los pormenores de la relación que había entre los cuatro, haciendo una absoluta declaración de amor. Y luego llegó el artículo de Martín, donde, de nuevo, nos ponía nombres a nosotros y hacía una declaración de amor y agradecimiento a lo que suponemos en su vida. El artículo de Jorge nunca llegó, la exigencia de Jorge está descansando, “¡larga vida!”. Cuando leí los artículos de mis hermanos sentí una profunda alegría, pero también pena. Alegría por verme tan incluido, reconocido y cómplice. Pena, por ver el miedo tan arraigado a no ser todo lo anterior y no pertenecer. ¡Joder!, ¡cuánto temor y desconfianza! y ¡qué daño me hace!

Con todo esto, nos sentamos de nuevo a la mesa de la última cena. Yo pensaba que el trabajo estaba hecho, pero qué va. Estaba todo por comenzar. Nos dimos cuenta, gracias a la voz de papá Enrique, que Bernat trajo a la mesa, que sería más rico hablar del proceso. Es eso lo que nos hace hermanos. Yo me senté a esa mesa contento, arropado, sin miedo, siendo y dando parte. ¡Qué gusto estar con esta energía tan liberadora! Pedimos la cena, y mientras la comíamos, discutimos de nuevo cómo enfocar nuestro artículo. Bernat y yo nos unimos presionando para hacer un artículo algo así como las “cuatro caras de una cena”, donde cada uno narraba su vivencia de esta última cena. Martín y Jorge estaban más reticentes y veían menos claro. Siguió la cena, me di cuenta de que cuando me siento querido lo doy todo. Ese día me rondaba por la cabeza si cambiar o no de trabajo y, pedí ayuda a mis hermanos en la decisión de si coger o no un nuevo trabajo, y qué bien me vino. Gracias a ellos mi decisión fue NO. Ello supone renunciar a mucho, entre ello, a pasar tiempo con mi hijo. Luego surgió “el conflicto del agua”, que ya viene siendo una costumbre en nuestras cenas en restaurantes. El gran problema fue que en ambas cenas nos pusieron pegas para darnos agua del grifo. Yo en esto estoy en contra, Bernat también y lo defendimos ambos a capa y espada. Ahí me sentí muy cómplice con él. Sin embargo, esto molestó mucho a Martín el cual se puso más confrontativo con nosotros. Yo pude exponer con claridad mi punto de vista y sentí en todo momento firmeza y decisión en mi postura y respeto y cariño tanto hacia mí como hacia mis interlocutores que no estaban de acuerdo. Y eso es la evidencia de que estamos en casa, en familia, entre hermanos.

Queridos hombres míos, Jorge, Martín, Bernat es un gusto caminar a vuestro lado. Como ya dije en el otro artículo, gracias de todo corazón, por ser espejo y reflejo. Por estar ahí para aliviar mi carga abrazando mi vida y en ocasiones por sostener un reflejo no tan agradable. La vida a vuestro lado es un placer emocionante.

 

Cara dos:

La velada tuvo dos pretextos: un regalo pendiente para Bernat y reunirnos para concretar qué íbamos a escribir en este artículo. Sábado noche, Bernat y Martín venían de grupos de formación, Adán de estar muchas horas con su hijo, aprovechando el fin de semana, y yo de una formación donde participaba como alumno.

Había sido una tarde revuelta, sistémica, donde mis familias de origen estaban muy presentes. Llegué el primero al encuentro.

La elección del restaurante, refrendado por todos, la hizo Martín. El sitio cuando menos era peculiar. Un comedor pequeño muy estiloso y con una carta escasa, cara y suculenta. Nada que no mereciera Bernat, pues éste era su regalo de cumpleaños.

Me senté junto a Adán, a mi derecha. En frente Bernat y en diagonal Martín. Adán y yo estábamos de espaldas al resto del comedor. Lo hice a posta para minimizar mi distracción. Está difícil que los hermanos nos juntemos y quería aprovecharlos, disfrutarlos.

Nos habíamos puesto deberes para poder hablar del artículo al llegar a la cena, y yo era el único que no los había hecho. En algún lugar de mí, el hermano pequeño que soy se estaba rebelando, yo siempre he sido de cumplir con todo y con todos, que nadie me señalara por haber dejado de hacer algo. Sentía una extraña confianza de que no pasaba nada con mis hermanos de vida porque no hubiera llevado mi parte, aunque también había cierta culpa con fantasía de que todo se va a retrasar por mí.

Para poder entrar en materia, la que fuese, empezamos eligiendo el vino. Fue Adán el primero en proponer. Por supuesto uno de esos vinos que primero te dan a catar. Bernat, el homenajeado, fue el que dio el visto bueno.

Antes de entrar con el artículo nos pusimos al día. Adán quería compartir con nosotros una posible oferta de trabajo. Estaba con dudas. Daba un poco igual la oferta, lo que más me llegó es que el nuevo trabajo le suponía estar menos horas con su hijo. El consenso fue unánime. Incluso, en las propias palabras de Adán había esa determinación, pero necesitaba del calor de sus hermanos, contrastar, compartir. Martín venía revuelto con un tema de pareja, su chico estaba atravesando un momento difícil y él no sabía cómo podía apoyarle. El tema le tocaba de lleno e implicarse o mantenerse al margen traía consecuencias. Uno de esos momentos que te sientes perdido, que no hay una solución clara o saludable para todas las partes y que a Martín le obligaba a manejarse en un mar embravecido. Le escuché calmado en la tempestad. Estábamos ahí, acompañándole, sin juicio, con atención y presencia. Estábamos para él y con él. Acogido por sus hermanos. Bernat estaba feliz, había pasado varios días con su novia y venía de una dulce luna de miel. Era el homenajeado y además era la excusa de esta reunión y de ponernos al día con el artículo. Una vez más había movido los hilos de una forma sutil y satisfactoria para él. Gustoso, se había sacrificado para propiciar el encuentro, eso le alimentaba, somos sus hermanos en el exilio. Andaba también profundamente tocado con los días convulsos que estaban viviendo en su pueblo, en su casa familiar. Estaba gustoso de sostener la distancia rodeado de amor y conciencia, con nuestras diferencias y discusiones, con debates y disertaciones, con tensiones y abrazos cálidos. Un lugar donde todo se daba.

Yo estaba regresivo, me sentía desligado y perteneciendo. Raro. Estando, sin estar. Con la alegría de la reunión, la unión; de alguna forma me podía permitir estar sin tener que ser ingenioso, participativo, sin tener que demostrar. Compartí con ellos mi necesidad de descansar, de estar pudiendo soltar esfuerzo; lo que no compartí es que “vivir” ahí me hace conectar con un gran vacío, una inexistencia. Con ellos, con mis hermanos, tenía un lugar, una mirada amorosa.

La cena fue avanzando, llegaron platos grandes con comida pequeña y exquisita. Fuimos a por la segunda botella de vino, esta vez la decisión partió del sector aragonés de la mesa. Con cierto grado de alcohol en el cuerpo abordamos el tema del artículo. En la primera propuesta, Adán se había puesto muy profesional y personal, era un artículo para ser publicado. Martín había sido más emocional, enlazando los hermanos de sangre con los putativos, nosotros. Bernat había escrito algo un poco más incendiario con el ánimo de crear debate en la cena y movilizar el enfoque del artículo.

Yo lo único que había escrito era el arranque, se lo leí: “Yo soy el pequeño de cuatro hermanos de sangre, y siempre lo seré. Soy el mayor de cuatro hermanos de vida, y lo seré siempre que nuestras vidas confluyan.”

Había crisis, los enfoques del artículo eran muy dispares y pareciera que lo que más representaba es quién es cada uno dentro de esta fraternidad. Lo mismo que estaba ocurriendo en nuestro encuentro: risas, caos, … Hubo varios momentos que recuerdo como impactos emocionales. En uno Martín y Adán salieron a fumar, Bernat bajó al baño, y durante un buen rato me quedé solo en la mesa. Llegó la camarera para ver si queríamos algo más, pero al verme solo, sorprendida, se marchó sin preguntar. Se acentuaba la herida del hermano pequeño que, sin el resto, es como si no existiera, no era tenido en cuenta. Me sentí triste. Al volver mis hermanos volví a la realidad. Otro momento fue uno que se empieza a instaurar como tradición cuando vamos a cenar: pedir una jarra de agua y preguntar si nos la van a cobrar, si nos dicen que sí arranca un conflicto entre nosotros, Bernat y Adán quieren poner una reclamación y Martín y yo intentamos que no lo hagan. Ahí siempre montamos el revuelo de pedir las hojas de reclamación, hablar con el encargado, Adán va al baño y vuelve con vasos de agua rellenos del grifo… en fin, un desencadenamiento de sucesos que me van dejando tímido y avergonzado, me hacen sentirme fuera de lugar, no merecedor. No me gusta llamar la atención y menos en un lugar en el que no me siento cómodo por el tipo de restaurante que es. Es curioso porque si esa situación se diera con mis hermanos de sangre, quizá sería yo el que me pusiera más reclamón, para sentirme valorado por ellos, pero con mis hermanos juego otros roles totalmente diferentes.

Y es que ésta es la riqueza de mis hermanos que me permiten explorar aquellas partes de mí, que por la inercia de mi sistema familiar no podría nunca entender, seguramente ni siquiera poner conciencia. Me siento orgulloso de ser el mayor de nosotros, por el placer de ser algo que desconozco. Os quiero hermanos y me atrevo a decirlo, sin pudor, sin esperar nada a cambio. Esto sí que es un acto de amor entre hermanos.

 

Cara tres:

Ha pasado más de un mes de nuestra cena y estoy muy retrasado con la fecha límite y las subsecuentes fechas límites que nos habíamos impuesto  para escribir este artículo. Hoy, sentado frente a esta pantalla, me pregunto por qué he estado evitando este tema.

Parece obvio que, escribir este segundo artículo sobre la relación que tengo con mis tres hermanos putativos, me está costando mucho más que el primer artículo que nos propusimos. En ese primer artículo hablaba de mis cinco hermanos de sangre, los amores y desamores de nuestra relación, de cómo mis tres hermanos putativos (Adán, Jorge y Bernat) han venido a jugar una parte importante de los vínculos afectivos que he logrado construir en el tiempo que tengo viviendo en España.

Lo cierto es que esta cena de la que hablamos no era una cena más de tantas que hemos tenido a lo largo de nuestra historia. Por un lado, nos reuníamos para hacer honor a un regalo de cumpleaños de Bernat con seis meses de retraso, por otro, en aquella cena nos sentábamos para hablar de cómo era nuestra amistad, de cómo nos vivimos como hermanos y cómo enfrentar este artículo. Decidimos escribir sobre el proceso de creación del artículo y de las cuatro miradas que esa noche confluían.

Me resulta un poco repetitivo hablar de lo que esa noche surgió alrededor de esa mesa, ya han comentado que fui quien escogió el restaurante con las ganas de hacer honor al cumpleañero, y que como últimamente suelen tener los restaurantes que quieren estar a la moda culinaria, los platos eran grandes en su forma y con poca comida en su contenido. La dinámica que surgió con el agua y el engaño de Bernat al pedirme un bolígrafo que generosamente me levanté a coger para luego enfadarme al darme cuenta de que era para rellenar una hoja de reclamación, de saberlo no me habría levantado de la silla. Con ello se generó una gran tensión y vergüenza en mí, que desde mi punto de vista era innecesaria, pero bueno, a veces disfruta generando estas situaciones, y en honor a la verdad hace falta que alguien diga “esto no es justo y por ello peleo, te señalo y denuncio”, gracias.  Esto por describir cómo he vivido yo el momento tenso de nuestra velada.

Dicho esto, voy a hablar de lo que a mí me ha ido surgiendo a partir de aquella cena, el cómo me manejo en lo social de cómo construyo mis vínculos. Hace unas semanas, dando un taller de terapia de grupo con niños, me pillé diciendo que “soy una persona que tiendo a enfrentarme al mundo cogido de la mano o apoyándome en alguien para abrir y generar las dinámicas sociales” que históricamente tanto miedo, vergüenza e inseguridad me han generado, lo hago como una manera de sentirme más seguro, más libre en lo social.

De los dieciocho años que llevo en España, catorce de ellos iba cogido de la mano de mi ex novio. Era él, el que abría el camino y construía los vínculos y amistades que tuvimos y que siguen en mi vida, con mayor o menor presencia, yo generalmente me dejaba llevar y apoyaba mucho en él para tejer nuestra red de afectos, al igual que lo hacía con mi hermano menor.

En un momento de nuestras relación, Bernat también tuvo esa función de apoyo entre aquellas personas que formaban parte de mi grupo de formación en Gestalt, allí es donde la vida nos juntó a los cuatro comensales.  Allí pude colocarme ante varios espejos sin disfraces, o no tan disfrazado. Allí encontré muchos espejos, ante los que en la medida de mis posibilidades me coloqué tal como soy, con mi fango, mis disfraces, mis dolores y heridas, mi necesidad de amar y de recibir amor, y el profundo deseo de formar parte de algo. En ese útero y líquido amniótico pude limpiar y curar mucho, pero sobre todo encontré a mis grandes y amados hermanos putativos.

Esas tres personas que estaban sentadas conmigo en esa mesa durante aquella cena, esas barbas que me recuerdan que a mí no me sale barba, esos acentos maños, catalán y venezolano que se mezclan en una conversación sobre los hermanos y cómo enfocar este artículo,  generan una red de afectos que hoy en día me recuerdan que no estoy sólo, que no tengo que ser el hermano, el amigo o el novio de alguien para estar y formar parte, que siendo yo mismo, con todas mis locuras, imperfecciones y fortalezas, en esa mesa siempre hay un sitio para mí y para cada uno de los que escribimos este artículo.

La relación que hoy en día tengo con ellos es un tesoro, una hermandad que nos une, son mi apoyo y tenerlos presentes en mi vida me acompañan, ayudan y enseñan. Son mi familia, mis hermanos en España, ante los que decidí mostrarme, compartir y entregarme como en pocas relaciones que tengo en mi vida.

Por ello, en honor a quienes son y por lo que representan para mí, declaro que son parte importante de mi red de afectos, son mis hermanos, con quienes me río, me peleo, lloro y crezco, a veces son un poco padres que guían o regañan, otras son un poco madre que cobijan y cuidan, pero sobre todo, son un tesoro que yo he ayudado a construir y a dar forma, por ello me siento profundamente orgulloso y agradecido.

 

Cara cuatro:

Está claro que esta vez llego tarde. La noche de la cena llegué el primero y con ganas. El escrito va de nosotros y la excusa es la cena. En mi familia crecí siendo el del medio. Aquí, con este nosotros, no hay forma de estar en medio. ¿En medio de qué? Jugar a ser central y periférico a la vez, según con quien, según cuando. Con estos amigos somos la red de los trapecistas o el ring de boxeo, según la circunstancia lo precise. Cuatro esquinas que nos dan la forma y un centro vacío, perfecto para dejarse estar.

Mis amigos, primero Jorge, después Adán y finalmente Martín fueron cayendo del cielo al ritmo de las rondas de tercios que pedíamos. Éramos el cuarteto clásico de amigos que hablan de varios temas, con el volumen subido, con ganas de empezar otro cuando no acabado en el que estábamos. Sabiendo que vamos cenar la mitad encendemos cigarros como si no hubiera mañana. Y sí que había, tres cuartas partes salíamos de grupos de terapia gestalt y volvíamos por la mañana. Estábamos encendiendo una mecha rápida.

Lo del despertador lo pensé cuatro horas más tarde. Los ansiosos estaban fuera del bar fumando después de acabar el primer gin-tonic. Yo, que tenía ansia de fumar, me había quedado con Jorge, el único que no fuma, porque no me gusta dejarlo solo cuando los tres nos vamos a fumar. Me quedo con él, y me siento mejor que mis amigos que han salido sin preguntar. No hablé ya que andaba pensando en cómo hacer un sistema de turnos para que yo también me dejara fumar a mí. Fue en ese silencio donde Jorge y yo dimos por acabada la noche. Pagué porque me habían invitado a cenar, así de paso mantenía mi estatus de moralidad superior, y salimos como salen los justos: imponiendo justicia. Por fin me podía fumar el cigarro mientras abrazaba a la mitad dudo-quejosa. Adán y yo andaríamos un buen trecho hasta Atocha celebrando la noche en blanco: por en medio de la castellana y tan felices.

Lo de la hoja de reclamaciones, el boli de Martín y el argumento de que no tenían jarras porque no les cabían, fue surrealista. También lo fue porque sabía, cuando le pedí el boli a Martín, que nos estábamos filmando. No hacía media hora que habíamos acordado poner la cena, esa esta cena, como objeto concreto de nuestro artículo sobre nuestra relación de amigos. Y claro, en la anterior cena todos teníamos en la retina como yo pedí la hoja de reclamaciones porque cobrar una jarra de agua es feo y Adán fue al baño a llenar los vasos con agua por lo mismo y algo debíamos hacer para estar a la altura y lo mínimo era darnos a nosotros mismos material.

Lo de que Adán nos consultara sobre una oferta laboral fue un ejercicio de la amistad. La decisión estaba tomada pero quería oírnos a riesgo de desacuerdo. Para mí la amistad tiene esto de presentarse desnudo y dar cancha para que nos denunciemos la falsedad. Para revisarse. Es un espacio amoroso donde a veces pica la herida narcisista. He decidido esto y necesito escucharos. Adán, una vez más nos hizo partícipes de algo suyo. Forma parte de nuestra cultura como amigos, de nuestro folclore. Y posiblemente es que nos constituimos como amigos finalizando la formación en terapia gestalt. Algo como una amistad fecundada in vitro, en un contexto donde nos aprendimos a escuchar escuchar. Y lo que es más molesto: a preocuparnos por cada uno de una forma activa. Cuando empiezan las preguntas con el “¿Qué tal te estás con…?” a mí se me erizan los pelos y a la vez se me abre el corazón. Se me erizan porque sé que van a preguntar sobre algo que posiblemente me escuece y por eso no lo he sacado, y se me abre el corazón porque los sé preocupados sinceramente. Y esto es maravilloso.

Sobre la cena, poco consigo poner en el foco: Jorge poniendo orden en las preferencias, poca comida y buena, la luz tenue, la camarera amable, la carta extraña y buenos amigos intentando que el tiempo se parara.

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Un comentario en “Cuatro caras de una cena

  1. Sonia Castro dijo:

    Gracias lindo cuarteto… Por plasmar con realidad y honestidad el profundo respeto que os mostráis, y os demostráis, en el desencuentro y la dificultad que también habitan en el amor. Me tocáis el corazón compartiendo un ejemplo, claro, gráfico y sano humor, del regalo de saber quererse en la diferencia. Un tierno abrazo para cada uno

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