De la hermandad en la familia a la fraternidad en el mundo: la conquista de un sueño

Olga de Miguel

Imagina…
Imagina que no hay posesiones,
me pregunto si puedes,
ninguna necesidad de codicia o hambre,
una hermandad del hombre,
imagina a toda la gente,
compartiendo todo el mundo.

John Lennon, Imagine

 

He soñado, desde niña, muchas veces con un mundo mejor, más acorde a las necesidades y deseos de fraternidad que he sentido a lo largo de mi vida. He querido aspirar idealmente a valores como la escucha, la sinceridad, la comprensión, el encuentro. He soñado repetidas veces y he despertado repetidas veces a una realidad más oscura y dolorosa sintiéndome frustrada e impotente. He experimentado cómo los hermanos y hermanas de sangre o de convivencia marcamos nuestras relaciones atravesados por el egocentrismo, la negación, la incomprensión y el miedo. En realidad, estamos dominados en nuestros patrones por emociones reprimidas e inconscientes.

Durante mucho tiempo me pregunté dónde se producía la fractura entre la posibilidad y la imposibilidad de ese mundo mejor. Esta búsqueda me llevó a cambiar el foco, antes dirigido al cambio social y a lo externo y volver la mirada hacia mí reviviéndome a mí misma como hija y, muy importante, reviviendo cómo mi mundo infantil con mis hermanas me había condicionado.

Me he ido dando cuenta que esta hermandad es un mundo de rosas con sus espinas puntiagudas. Un mundo con momentos de complicidad, de compartir, de encuentro, de juego y alegría y, a la vez, un mundo lleno de codazos y luchas para llevarse el trozo de amor más grande a costa de que el trozo pequeño se lo lleve otro, o para coger el trozo más pequeño a fin de evitar la confrontación; lleno de momentos de defensa del espacio vital y de la propiedad privada. Estas actitudes son una fase en el camino de crecimiento y de la formación del carácter y de la individualidad, pero se quedan enquistadas sin poder evolucionar produciendo sentimientos de envidia, competitividad, impotencia, culpa, … que llevamos cargando toda la vida y condicionan nuestras relaciones de adultos. Los padres hacemos más compleja la relación entre hermanos y hermanas interviniendo, por exceso o por defecto, con los propios introyectos y heridas abiertas de nuestra propia relación con nuestros hermanos. Como padres, nuestra limitada experiencia infantil hace que a veces, la represión, el juicio y la humillación sean las herramientas para resolver las disputas que nuestros hijos tienen entre ellos de una forma insana pero eficaz.

De esta forma los hermanos y hermanas resuelven o enconan como pueden sus legítimas diferencias y sus relaciones se quedan fragmentadas y resentidas. La incapacidad emocional, el orgullo, la percepción de injusticia, entre otras emociones, hacen que ponerse en paz con los hermanos se convierta en un propósito doloroso pero muy necesario si queremos relaciones entre adultos más satisfactorias.

Miro a los adultos que somos y veo que todas esas luchas y peleas, todos esos momentos irresueltos vividos en la niñez se trasladan a la vida adulta, transfiriendo a nuestros iguales, compañeros, amigos todo aquello que se nos quedó colgado en la infancia: rivalidad, celos, ingratitud, falta de reconocimiento, abandono, resentimiento, maltrato… También puedo ver que continuamos con una profunda necesidad de encontrar a aquellos iguales a los que amar y por los que ser amados. Pero esta búsqueda de comprensión, tolerancia, acompañamiento y generosidad se ve frustrada una y otra vez, por la repetición de lo inconcluso, impidiéndonos el reconocimiento al otro y del otro. El ser humano busca reconocerse y acercarse al encuentro que necesita. Esto es un proceso alquímico que requiere de un trabajo de conciencia y autobservación para conseguir la transformación deseada que comienza con la aceptación profunda de lo que somos.

En el espacio de la psicoterapia vivimos este proceso alquímico. Para eso es necesario darle espacio a los hermanos en el trabajo terapéutico no solo en los grandes acontecimientos sino en los matices de la cotidianidad, cómo determinaron nuestros sentimientos, cuánto de nuestro dolor está asociado a esas relaciones frustradas, cuánto trozo de paraíso nos costó perder sin asumir todavía la frustración y quedándonos resentidos, cuánto espacio nunca hemos vivido para nosotros solos generando carencia, cuánto reparto lleno de rabia e injusticia irremediable hemos vivido sin poder llegar a comprender. También recordar emocionalmente los acontecimientos individuales vividos en nuestras propias carnes o por algún hermano o hermana y que marcaron nuestros sentimientos y vivencias con ellos: muertes, enfermedad, maltrato, diferencias de género, comparación, abuso…

Que importante poder traerlo a la conciencia, revivir, liberar y comprender toda nuestra historia con los hermanos y desplegar una nueva comprensión emocional para relacionarnos de una manera nueva, poniéndonos en paz con ellos, soltando lastre, con nuevos recursos emocionales más crecidos. Viendo lo propio se generan valores más profundos y descubrimos que no somos tan distintos y que estamos igualmente heridos. Este descubrimiento nos hermana de una nueva forma.

Queridos hermanos y hermanas, no nos tratemos solo como los hermanos y hermanas que fuimos, sino como los que necesitamos ser para vivir en un mundo mejor.

“Ser hermano es una condición que hay que trabajar”.  Maya Angelou.

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4 comentarios en “De la hermandad en la familia a la fraternidad en el mundo: la conquista de un sueño

  1. Marta de las Casas García dijo:

    Brutal!un espejo en el que me veo reflejada a mi y a mi relación con mi hermana que está en constante evolución.Queda tanto por seguir caminando… gracias por tus palabras,siempre son un cobijo en el que poder crecer.
    Un beso enorme!

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