Foto de Mery Fuentes


Junto a aquella higuera centenaria crecimos bañados de sol y tierra. Como las gallinas escarbábamos buscando lombrices para jugar. Tú siempre eras más intrépido y querías hacer peleas de insectos. Yo, en cambio, acariciaba a las mariquitas. Nuestras primeras piscinas eran esos cubos llenos de agua. Nos reíamos tanto al ver a papá llenarlos con la manguera. La ilusión era esas tardes juntos, tú en el verde y yo en el rojo. Después jugábamos con los trozos de madera recién cortada o salíamos a ladrar con los perros de la vecina. Y eso era la felicidad: compartir con los mofletes hinchados y rojos, intoxicados de alegría, la vida que se abría a nuestro paso. También me enseñaste a pelear con puñetazos, jugábamos a luchar en el colchón, y a veces lo hacíamos tan en serio que terminábamos llorando y esperando a que mamá nos diera a uno el premio del amor y al otro el castigo. Pero ese instinto fraticida se transformaba en protección cuando algún niño se metía con alguno de nosotros. Se me olvidó el miedo aquel día que empuñé una botella rota para protegerte de los matones del barrio. La Hermandad es saber que somos uno y que venimos de algo mucho más grande que nosotros mismos, que nos envuelve y nos transciende estemos donde estemos.

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