Mamá quiero ser bombera

Amelia Villalva

Últimamente no sé qué pasa por mi inconsciente pero me paso las noches llamando a los bomberos.

“De repente me encuentro en una pared de piedra, a cierta altura, y como preguntándome cómo he llegado hasta aquí. No lo recuerdo. Me asomo desde una especie de balcón, de barandillas sospechosas, o quizás más que balcón podría llamarle saliente, no tiene entrada, y me doy cuenta de que es demasiada altura para mí. No soy capaz. Ni de frente ni de espaldas soy capaz de bajar sin estamparme y morirme. Lo tengo claro, sólo me queda llamar a los bomberos.

Sin embargo no lo hago directamente, mi voz llama a mi hermana para que avise a los bomberos, yo estoy dispuesta a esperar todo el tiempo del mundo. Entonces mi hermana  se estampa sobre la playa. Ella desde otro saliente más abajo, sí que se arriesgó y cayó. Los bomberos no vinieron.”

“De repente me encuentro en una tienda enorme, donde la perspectiva se hace notar; y vacía, tan sólo un mostrador rellena el espacio. Todo está en la trastienda. Hay un patinete eléctrico que me facilita recorrer esos metros, lo ha inventado mi padre. La tienda es como un castillo. Descubro a unos jóvenes merodear por las alturas subiendo por unas escaleras. Esto es privado les grito. Después veo fuego, la parte alta de la casa está en llamas y de nuevo necesito llamar a los bomberos.

No atino con el móvil, soy incapaz de acertar con las teclas adecuadas, entonces mi voz empieza a gritar que por favor alguien llame a los bomberos. Hay mucha gente, entre amigos y familiares, están de fiesta. Los bomberos no vinieron y el fuego lo apagó la lluvia.”

Soy la menor de tres hermanas y siempre me costó encontrar mi sitio. Desde pequeña me situé al lado derecho de mi padre, ya a esta edad apuntaba maneras de arrogancia pretendiendo cubrir el espacio del hijo varón que nunca vino. Desde aquel lugar transité por dificultades identitarias hasta caer en una ambigüedad que me protegería toda la vida. Me volví ambigua, o como diría mi sobrina “abstracta”, lo que me permitió crearme una zona de confort donde cabrían todas mis “rarezas”. También aquel lugar era un lugar de poder, contaba con el beneplácito de mis padres, la admiración de mis hermanas, y el amor de todos ellos ¿Qué más podía pedir?.

Sin embargo cuando una está desubicada, la base que nos sostiene no deja de agitarse, y un día se resquebraja, y los padres se van, llevándose parte de tus pies por delante.

Entonces aparecen las hermanas más que nunca, reforzando vínculos, reestructurando la piña deconstruida, compartiendo dolores y ausencias, manteniendo vivo el legado parental; y empiezas a deambular entre aquel lugar privilegiado, de bondad y  omnipotencia, y también de arrogancia por supuesto, desde el que creías tener respuesta ante cualquier conflicto situándote como la salvadora del clan; y aquel otro lugar de eterna “peterpana” que aún sigue viviendo a la caza de sueños, a la que hay que proteger en memoria de los padres, a la que aún sale llamarle “peque”, y a la que siempre hacer sitio en tus planes futuros asegurando su bienestar como si de una eterna dependencia se tratara.

Y entonces vienen las desavenencias y los malos gestos, la reivindicación de mi lugar perdido, o quizás nunca hallado, la pelea por soltar unas alas que no dejo ni dejan de acicalarme, por soltar unos padres reencarnados en hermanas.

Y en este lío de egocentrismos y manipulaciones, un día tu consciencia te hace ver que se trata de acompañarnos sin sostener lo que no es nuestro, de sostener cada una su propia mochila y de responsabilizarnos de a qué tapia nos hemos subimos, y de llamar a los bomberos cada cual, si fuera preciso. Y desde ahí me doy cuenta de la grandeza de mis hermanas, de su generosidad y de cuanto corazón me tienen.

Hoy, en esa foto,  me descubro en mi sitio, el de la tercera hija, cocinando con mis hermanas, de igual a igual y cada una en su lugar, y siento que mi deseo se ha hecho realidad: “Coger mi sitio me hace sentir bombera”.

[Nota del editor: La fotografía del artículo es de Egbert Grundke]

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