La hermana de Freud – Goce Smilevsky

Javier Arenas

Ningún admirador de Freud saldrá indemne tras la lectura del libro” nos advierte Alberto Manguel, ilustre letraherido, en su crítica publicada en El País, del texto de Goce Smilevsky editado en España en 2013, porque “sin duda, el retrato que se hace de él es aborrecible“, para a continuación celebrar su calidad como obra de ficción, un éxito de crítica y público galardonado con el Premio de Literatura de la Unión Europea en 2010.

No discutiré yo las virtudes literarias, que sin duda las tiene, pues no es ese mi campo ni mi propósito, pero sí me dejaré pensar en voz alta las impresiones que su lectura, en tanto que psicoanalista fronterizo, me ha suscitado, pues esa es la razón por la que Enrique (de Diego) me pasó la bola y el honor de escribir esta reseña.

El punto de partida es un hecho objetivo. En 1938, con Hitler en el poder y su política antisemita en marcha, diplomáticos influyentes consiguen para Freud un visado de salida a Inglaterra, en el que incluye una reducida lista de acompañantes: mujer e hijos, servicio doméstico y médico personal, y muy importante, Jofi, su perro, del que nunca se separa. Sus cuatro hermanas, también ancianas, se quedan en Viena. Freud morirá en Londres al año siguiente. Sus hermanas lo harán en distintos campos de concentración a lo largo de 1942. Sobre este destino trágico, planteado como resultado del abandono culpable de Freud a sus hermanas, se construye la novela, una suerte de soliloquio que evoca las rememoraciones de una de ellas, Adolphine, la solterona, camino del trance final.

En una entrevista al autor, también publicada por El País, tras señalarle la periodista que “aunque es un trabajo de ficción, el lector tiene la sensación al leerla que Freud fue responsable de la trágica muerte de sus hermanas”, el artista replica alarmado en un perfecto estilo denegativo: “Espero que los lectores no perciban la novela como un intento de culpar a Freud de lo ocurrido con sus hermanas. Desde luego que podía haberlas llevado a Londres con él, pero no podía suponer en ningún caso lo que iba a ocurrirles. Sabía que iban a llevar una vida difícil en Viena, pero no podía imaginar que serían enviadas a campos de exterminio”. Evidentemente, porque entre otras cosas, ¡no existían en 1938! Gracias por la aclaración, Mr Smilevsky, pero la insidia de su planteamiento queda sembrada torticeramente, y por mucho que esconda la mano, las ondas de su ladina pedrada salpican desde la primera página.

Pero la cuestión no radica en ese dejar caer con sutileza de picapedrero tamaña infamia. La cuestión es, qué le lleva a dibujar desde sus inicios infantiles hasta su postrera decisión, una semblanza del sujeto Freud tan, como decía más arriba Manguel, aborrecible.

Una vez más, en la mentada entrevista, se limpiará de polvo y paja, y nos explicará de forma didáctica el espíritu que le mueve:

Los humanos, ya se sabe, tenemos tendencia a idealizar, especialmente a las figuras públicas, pero hay que entender que Freud era una persona normal, como todos los demás nacidos en esta tierra, y no deberíamos olvidarlo, llevados por el hecho de que fuera uno de los más grandes pensadores…

Y para redimirnos de nuestras inmaduras idealizaciones y demostrarnos lo normal que era, nos describe con minuciosa prolijidad al joven Freud masturbándose. Osada y epatante escena que el autor nos recrea por ‘necesidades del guión’, porque ese acto tan trivial y mundano para usted y para mí, mi querido lector, resultará un hachazo fatal para su hermanita Dolfi que lo pilla in fraganti, y perpleja y espantada se refugiará en su habitación huyendo del ídolo caído, y aunque Sigi acude a consolarla, “¡No llores, por favor, no llores!”, lo único que consigue es estropearlo, porque, como relata con su mejor ‘realismo sucio’ Smilevsky, “sus dedos pegajosos y con un olor inusual se posaron sobre los dedos que cubrían mi cara …”. Y no sigo, pues no quiero privarles del placer de leer de primera mano tan audaces cotas literarias.

En fin, podría hacer una antología de perlas de este calibre, las fui subrayando mientras leía con sorpresa y resignación este libelo antifreudiano, pero no lo haré. No quiero condicionarles ni estropearles su propia selección, aunque tal vez ésto pueda ser sólo una pájara mía y a usted, mi querido lector, le encante como a tantos otros, según cuentan las crónicas y las cifras.

Vale, pero ya que me he puesto a pensar en voz alta, y dejando a un lado la saña con la que trata al personaje en cada ocasión que puede (de tan bochornoso, me parece increíble, y no puedo evitar preguntarme qué tiene este hombre contra Freud, o contra quien demonios represente), aprovecharé para hacer un análisis un poquito estructural del tinglado vincular que nos cuenta, poniendo el foco obviamente en la perspectiva de Adolphine, que es la protagonista del relato.

Y está claro que lo que nos relata es la historia trágica de su Edipo.

Desde la primera página nos muestra sus cartas, o si prefieren, nos desnuda su alma, al referirnos los tres recuerdos que atraviesan su vida y presiden su memoria. Son tres vivencias incunables donde están solos ella y él. Él es su hermano Sigmund, su hermano mayor, seis años le lleva, y la tiene fascinada. Es su compañero de juegos y su amigo, su maestro, su confidente, su cómplice. La luz que ilumina su vida. Hasta aquella tarde del domingo de sus siete años en que todo se vino abajo deslumbrada por una realidad insoportable. Aquel encuentro traumático con la realidad sexual deja como saldo una grieta insalvable, una retirada libidinal feroz y el asco como guardián del templo. Y a partir de ahí, un irredento destino melancólico.

Sobre ese territorio solitario y yermo se superpondrá posteriormente la figura de la madre hostil cuando ésta, celosa y posesiva, detecte la ‘sintonía’ entre la púber y su primogénito, su adorado Sigi. Amalia, que así se llama, desplegará un machaque implacable contra esa hija a la que siente su rival, y ni las peores madrastras de los cuentos, Blancanieves y Cenicienta incluidos, la superarán en crueldad. Es estremecedor él gota a gota con el que día a día la tortura, y los enunciados identificatorios con los que le inocula su veneno demoledor, siendo “Ojalá no te hubiera parido” su estribillo predilecto.

No sé cuánto de veraz será este personaje, o cuánto, visto lo visto, una caracterización libremente inspirada del autor. El caso es que Adolphine no tiene donde guarecerse de tamaño machaque aniquilante pues su hermano protector se ha enamorado de Martha, su novia y luego esposa, y la ha abandonado a merced del monstruo insaciable. O así lo siente ella, porque el que Sigmund tenga una vida propia e independiente lo vive en términos de traición y abandono, vivencia característica de los vínculos fusionales. No hay tercero, o mejor, no hay lugar para el tercero, y eso la lleva a ese pozo de tristeza e ignominia de quien  no ha accedido a conquistar un lugar propio entre los demás, lo que la conducirá a recluirse durante años en otro huevo vincular con su amiga Klara, ambas ingresadas voluntariamente en el manicomio de Viena llamado, casualmente, el Nido.

Pero que conste que fue inicialmente ella la que se aparta de su hermano, rechazándole en tanto que rechazándose a sí misma de su propia e inconfesable sexualidad. Rechazo que teñirá su ser-en-el-mundo. Expresión de un Edipo ni jugado ni conjugado adecuadamente, que la deja inerme ante el horror del goce irrestricto de esa madre canibal. No hay padre, o si lo hay, no consta en acta. Y vendrá a cubrir ese vacío su hermano mayor, el favorito fálico de la madre araña. Pero éste, nunca se enfrentará a la madre querida, nunca le pondrá coto a sus excesos, pues desde su trono fálico parece que ni siquiera pueda verlos. En fin, tremendo pastel que daría para otra novela de trama más que sugerente. Tal como está el patio, al tiempo.

Hay otros asuntos que nutren ésta y le dan cuerpo. Emocionante el personaje de Klara Klimt, aguerrida pionera del protofeminismo, o, cómo bucea poética y dramáticamente en el universo de la locura. Son historias en carne viva por las que transita con determinación y solvencia.

Un último apunte, ¿Goce? ¿Cómo puede nadie bautizar así a su hijo? ¿O es un nick literario? De cualquier forma, algo para mí insólito e inaudito. De todo hay en la viña del Señor.

Y hasta aquí el comentario, Goce Smilevsky. Ojalá que la vida barre tu nombre y diluya tu rencor. Poder desprenderte de ese lastre de tu alma que lastra el vuelo de tu oficio de escritor.

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